Desde hace un tiempo me ronda la cabeza la idea de empezar una colección de vinilos. Todo empezó cuando descubrí un par de webs que venden ediciones preciosas de bandas sonoras de videojuegos y películas. Y claro, una vez entras ahí, el algoritmo hace el resto: vídeos cuidados, tocadiscos elegantes, vinilos de colores girando en cámara lenta… ese universo aesthetic que, al menos a mí, me parece irresistible.
Tengo ya un par de ediciones especiales de bandas sonoras y las he escuchado varias veces en un Marshall Woburn III, que suena de maravilla. Pero aun así, no me generan esa sensación casi ritual que transmiten los vídeos que veo en redes. Y entonces me digo: “Quizá es que no tienes suficientes vinilos, ni variedad, ni un repertorio que te invite a sentarte y disfrutarlo de verdad”. Y vuelta a empezar con la idea de coleccionar.

Me imagino empezando poco a poco: ediciones asequibles, discos que realmente me gusten, ir construyendo una pequeña colección personal. Todo muy bonito… hasta que aparece la duda incómoda: ¿cuánto de esto es interés genuino y cuánto es puro impulso consumista por tener objetos bonitos que, de paso, quedan genial en redes?
Porque, siendo sinceros, Spotify es comodísimo para el día a día. Pero no es lo mismo. No posees nada, no hay ritual, no hay pausa. Es música de fondo, casi siempre. En cambio, poner un vinilo implica detenerte, elegir, escuchar con intención. Y eso tiene algo especial.

Así que sigo en mi disyuntiva. Mientras me decido, seguiré viendo esos vídeos tan guais de tocadiscos reproduciendo ediciones preciosas, y seguiré tirando de Spotify cuando quiera música en segundo plano.





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